Experiències europees de l'IES SERPIS




La magia de trascender las fronteras

Category : Acollides, Erasmus +, Intercanvi, Mobilitats, Visitants · by May 4th, 2022

Cuando pienso en el intercambio lingüístico en Praga que realizamos a principios del pasado mes de abril, son muchos los recuerdos que me vienen a la mente: los largos paseos por sus preciosas calles, estrechar lazos con mis maravillosas compañeras María e Isabel, disfrutar de un trdelník junto al famoso puente de Carlos…, pero hay uno que destaca por encima de los demás. Uno que no tiene que ver con enclaves turísticos, sino con la fraternidad entre culturas, y que me emociona profundamente: el vínculo instantáneo que se produjo entre los estudiantes de ambos países.

Desde el principio sabía que este iba a ser un viaje de aprendizaje, tanto para el alumnado, como para las profesoras acompañantes, y la lección más valiosa fue la facilidad con la que pueden comunicarse y entablar lazos personas con idiomas y culturas diferentes, si estamos dispuestos a trascender nuestras fronteras físicas y mentales.

Recuerdo el primer día, cuando llegamos al aeropuerto cansados después de 10 horas de viaje. Antes de cruzar la puerta de llegadas, se palpaba el nerviosismo de los alumnos que, en unos minutos, conocerían por fin a sus compañeros checos y sus familias. Las profesoras, cautelosas, y sin olvidar nuestra función educadora y de ser el referente cultural para nuestros alumnos, les ofrecimos una serie de consejos sobre cómo debían interactuar en ese primer encuentro con las familias con las que iban a convivir durante la próxima semana. “Sed considerados, para ellos las 20:00 es muy tarde. Ya habrán cenado y querrán irse a la cama”, “No esperéis que os ofrezcan una cena copiosa a estas horas, conformaos con un tentempié” y lo más importante “No os lancéis a darles dos besos. En su cultura no hay tanto contacto físico como en la nuestra. Saludad con la mano”. ¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando la realidad se impuso ante nuestros ojos! En el momento en que se abrieron las puertas y se dieron cuenta de que éramos nosotros, la cara de los estudiantes checos se iluminó, y se abalanzaron sobre nuestros alumnos colmándolos de abrazos y saludos efusivos y trascendiendo cualquier estereotipo sobre la personalidad centroeuropea. Todos los alumnos fueron abandonando el aeropuerto progresivamente y en distintas direcciones, pero con algo en común: una gran sonrisa llena de ilusión que compartían con sus compañeros checos.

A la mañana siguiente, cuando todo el grupo se reencontró para iniciar la jornada, comentaban entusiasmados cómo había sido la primera noche, la acogida en la familia, cómo era la casa, lo que les habían ofrecido para cenar… Algunas familias incluso habían retrasado su hora de cenar para poder hacerlo todos juntos. Sólo llevaban unas horas en Praga y ya habían detectado las muchas cosas en común que tenían ambas culturas y las diferencias que, lejos de incomodarles, narraban con una gran emoción y curiosidad. Ya desde el primer día se hizo visible que había surgido la magia.

Otro de los momentos que captó mi atención fue la visita al cementerio de Vyšehrad. Cuando llegamos, dimos por supuesto que los alumnos echarían un vistazo rápido y proseguiríamos con la ruta programada para ese día. No obstante, decidieron recorrer cada rincón, observando con detalle cada lápida, cada nombre. Preguntaron por quién estaba enterrado allí, dedujeron el significado de algunas palabras en checo al leer las inscripciones de las lápidas y prestaron especial atención a las tumbas de Dvořák y Smetana, tan presentes en la cultura checa. Ambos compositores les habían pasado desapercibidos en las clases de música, pero los redescubrieron a través de los ojos de los estudiantes checos y, con un interés renovado, se apresuraron a fotografiarlo todo para compartirlo con su profesor de música al regresar a España.

Pero el momento que más me emocionó se produjo durante la visita a Kutná Hora, una ciudad cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ese día alcanzamos temperaturas bajo cero y, a consecuencia de ello, no se veía ni un alma por la calle. Tras refugiarnos en una pequeña cripta junto a la iglesia de Santa Bárbara, informamos a los alumnos de que tenían unas horas libres para explorar la ciudad. Los profesores corrimos a resguardarnos a un restaurante encantador con deliciosa comida checa y temperatura agradable. Cuando llegó la hora de acudir al punto de encuentro, especulamos sobre qué habrían hecho los alumnos. Lo que parecía más plausible es que se hubieran separado en pequeños grupos para buscar algún café o comercio en el que pasar el rato, pero al girar la esquina descubrimos la entrañable realidad. Todos los alumnos estaban en el centro de la plaza jugando a un juego, dispuestos en corro, cantando una canción en inglés e incorporando palabras en checo que los españoles no parecían tener ninguna dificultad en pronunciar. También se las habían ingeniado para comprar un balón, y algunos se pusieron a jugar al futbol. Rodeados de esos palacios que aún destilan la grandiosidad de la que un día gozaron, y en medio de esas calles desiertas, fue conmovedor ver cómo la forma que eligieron para hacer frente al día más frío de todo nuestro viaje fue estar juntos.

Al acabar el viaje, ya esperando en el aeropuerto para volver a casa, pregunté a algunas alumnas cómo había sido su experiencia. Ninguna habló de bonitos paisajes ni lugares históricos. Todas hicieron referencia a los planes que tenían para cuando les tocase acoger a ellas a sus compañeras checas en Valencia. Algunas incluso habían hecho planes de futuro, acordando volver a visitarse mutuamente durante las vacaciones de verano. Una de ellas me dijo una frase que creo que explica a la perfección lo enriquecedora que puede resultar una experiencia cultural de este tipo: “Creo que he hecho una amiga para toda la vida, profe”. Qué más se puede pedir.

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