En el marco de mi experiencia Erasmus+ de job shadowing en el Lycée Joffre de Montpellier, uno de los aspectos que más me ha impactado ha sido la forma en que este centro educativo integra de manera efectiva al alumnado con discapacidad auditiva. La propuesta va mucho más allá de la adaptación puntual o del apoyo específico; se trata de un verdadero programa de inclusión que impregna la vida del centro y se refleja, entre otras acciones, en la incorporación de la lengua de signos francesa (LSF) como asignatura y en la organización de clases ordinarias con la presencia de intérpretes en el aula.
Durante mi estancia, tuve la oportunidad de asistir a varias clases en las que participaban alumnos y alumnas sordos. En estas sesiones, una intérprete de LSF acompañaba la clase y traducía en tiempo real tanto las explicaciones del profesorado como las intervenciones del alumnado. Esta presencia constante no solo permitía que los estudiantes con discapacidad auditiva pudieran seguir el ritmo y contenido de la clase con total normalidad, sino que también facilitaba su participación activa en el grupo, rompiendo así posibles barreras comunicativas o sociales.
Lo más destacable es que esta dinámica no se percibe como un elemento excepcional, sino como una parte integrada del día a día escolar. El alumnado oyente convive con naturalidad con estos apoyos, y muchos estudiantes optan, además, por cursar lengua de signos como asignatura optativa, lo que genera un entorno educativo más accesible, empático y colaborativo. Esta oferta formativa permite a los jóvenes desarrollar habilidades comunicativas inclusivas y, al mismo tiempo, fomenta una actitud de respeto hacia la diversidad funcional, clave para construir una sociedad más equitativa. 
Desde una perspectiva pedagógica, la inclusión de la lengua de signos en el currículo no solo beneficia al alumnado sordo o con pérdida auditiva, sino que enriquece a toda la comunidad educativa. Aprender a comunicarse en lengua de signos amplía la competencia lingüística y cultural de los estudiantes, refuerza su inteligencia interpersonal y visibiliza una forma de comunicación muchas veces olvidada en la enseñanza reglada.
La experiencia vivida en el Lycée Joffre me invita a reflexionar sobre las prácticas inclusivas en nuestro propio sistema educativo. ¿Podríamos incorporar de manera progresiva la lengua de signos en nuestros centros como parte del currículo optativo? ¿Estamos garantizando el acceso real y efectivo al aprendizaje de los estudiantes con discapacidad auditiva? ¿Qué pasos podemos dar, desde el aula, para avanzar hacia una inclusión no solo legal, sino vivida y compartida?
Lo aprendido en Montpellier refuerza mi convicción de que la inclusión educativa no es solo una cuestión de recursos, sino también de voluntad pedagógica, de formación del profesorado y de apertura cultural.
Texto de Jesús Simón de León, profesor de Educación Física.
